UNA NIÑA SUECA

En nuestra sociedad tan globalizada y a tiro de ratón de ordenador y pantalla táctil, a poco que nos lo propongamos, somos capaces de lanzar al estrellato o hundir en la más negra miseria a cualquiera que tenga la capacidad de llegar a la gente; incluso, aunque la efervescente estrella no se preste.

Hace algún tiempo, no demasiado, a los poderes mediáticos y medios afines les dio por hacer lo primero con esta chica sueca llamada Greta Thunberg, que se enfada y llora en las altas tribunas internacionales como si se tratara de un berrinche pueril en el salón de su casa. Desde entonces, aparece como una estrella de enjundia similar a un actor o actriz de Hollywood o a una estrella mediática del deporte o de la música. Es invitada a las cumbres sobre el clima y el medio ambiente y todo el mundo espera el momento mágico en que ella se pronuncia o llora o se enfada ante una tribuna.

Hace pocas fechas ha estado en Madrid y todos los medios generalistas anunciaron su visita con expectación similar a como se anuncia la del papa. Está claro que necesitamos nuevos héroes y mitos vivos, aunque, en este peculiar caso, se trate tan solo de una niña, una persona que aún no ha alcanzado la mayoría de edad. No estamos muy seguros de si lo que dice es cierto o está refrendado científicamente, aunque eso no es lo importante, sino la capacidad mediática de estrella que ha conseguido en poco tiempo, por lo que me pregunto si no habrá detrás algún potente grupo de comunicación que pretenda crear un mercado proclive a través de esta niña sueca, aunque ella, como es lógico, sea ajena a todo eso.

No cuestiono que la idea inicial es buena: una persona joven que abomina de las políticas medioambientales internacionales, en nombre de todos los jóvenes de este mundo que, en última instancia, serán los detentadores en el futuro de este esquilmado planeta, y que se enfada con los gobiernos y las grandes corporaciones, arrojándoles a la cara lo mal que lo están haciendo. Hasta ahí nada que objetar. Es más, en sus orígenes –y puede que aún– la impronta de esta persona (aunque ya se trate de un personaje y ahí radica el peligro) contó con los parabienes de todos, menos con el de los más importantes dirigentes de este dislocado mundo, claro está, que suelen poner cara beatífica ante su presencia porque no saben qué otra cara poner ante quien los ruboriza con tanta candidez. Surgió con la fuerza estruendosa de una bofetada en la cara del poder político y económico, alzando la voz infantil en nombre de una humanidad que parece dormida ante el declive del medio ambiente. Sin embargo, vivimos en una sociedad en la que todo lo que se pretende derribar antes se suele elevar, aunque sea de manera artificial. Es lo que puede estar ocurriendo ya, me temo, con esta niña sueca, a la que cada vez se le mira más con lupa, se le cuestiona qué ropa viste, cómo se transporta, qué come, qué bebe, dónde vive, quiénes son sus padres, su escuela…Se le cuestiona absolutamente todo. Y ahí está el principal problema que tenemos en este mundo: que frivolizamos, intencionadamente o no, las buenas ideas, o al menos, las frescas ideas. Si es que se trata de una idea fresca y no –insisto– de un producto más del marketing globalizado en el que todos estamos atrapados como en una tela de araña universal. El mercado necesita constantemente nuevos productos para explotar y vender, ya se trate de un nuevo coche, un nuevo viaje exótico o un nuevo talento, y mucho me temo que Greta Thunberg, hasta hace poco una anónima niña sueca, cada vez será más mercado que persona y que, con el paso del tiempo, superada ya la novedad de su impronta, se evapore en la nada y dé paso a otro producto más rentable y competitivo. Porque así funciona nuestro mundo.