Tras muchos años como lector jamás he creído en los géneros literarios, por contra siempre he pensado que existen libros bien escritos y libros mal escritos, con independencia de la temática o el autor. Y mucho menos subgéneros, algo ahora tan de moda en literatura. Yo, que suelo navegar por todos los mal denominados géneros y subgéneros (que no son más que contenidos diferenciados), sin excepción, lo constato cada día. Es más, cuando alguien me dice, o leo, que los libros de un determinado género o escritor son muy buenos suelo sospechar de entrada que algo comercial se está cociendo en ese interés más que explícito. Y no son pocos los cantos de sirena de interesados grupos editoriales, cada vez más concentrados, o de tribus diversas de escritores, blogueros o reseñistas afines a éstos que animan a leer un libro, género, subgénero o autor concreto, escondiendo casi siempre -mejor dicho, siempre- un manifiesto interés comercial y, por ende, económico. Porque, hoy día, siendo el marketing el rey y los consumidores sus vasallos, es cada vez más fácil forzar la voluntad del lector habitual, ya casi en extinción, a la vez que generar en el nuevo un hábito de lectura concentrado tan solo en los denominados géneros, subgéneros y autores que, casualmente, aparecen en el mercado bajo algún sello editorial de alguno de los pocos grupos gigantescos que se reparten el cada vez más concentrado mercado del libro en España, aunque también en medio mundo.

No significa en absoluto que esos sellos no ofrezcan libros de calidad, libros bien escritos de autores que ya nada tienen que demostrar contrastado como está su prestigio y calidad, pero ocurre que es fácil que, al no vaticinarse buenas ventas, se encuentren perdidos en catálogos remotos y estanterías ignotas o, simplemente, no favorecidos por un marketing agresivo que permita encontrarlos en primera línea de las cada vez más escasas librerías. Entonces, debe ser el lector bien informado el que deba discernir el grano de la paja dentro de toda esa neblina contumaz y confusa que el sector editorial provoca. Porque, está claro que las etiquetas literarias siempre han sido nefastas y guiarse por ellas provoca que pasen desapercibidos talentosos autores y grandes obras. Por ejemplo, yo que no soy lector habitual de ciencia ficción, guiado por esas etiquetas, tardé demasiado tiempo en leer uno de los mejores libros que he leído en los últimos años como es el caso de Crónicas marcianas de Ray Bradbury, o alejarme para siempre –porque no suelo leer libros de ese género– del magníficamente escrito libro de John Keel Las profecías del Mothman, por el mero hecho de estar adscrito a un subgénero que podríamos denominar esotérico o de misterio. Ese es el verdadero peligro que provoca la adscripción a un género u otro: que se dejen de leer joyas ocultas por el mero hecho de estar adscritas a contenidos que no sueles frecuentar. Y ante eso muy poco se puede hacer hoy día, porque cada vez con más descaro los grupos editoriales y sus fuerzas mediáticas afines acotan contenidos y los asocian a grupos de población concreta porque entienden que así les irán mejor las ventas, algo que es muy palpable en ficción: literatura juvenil, literatura young adult, literatura romántica, literatura histórica, literatura negra…Toda esa segmentación me parece un error descomunal por lo que decía al principio. Los lectores segmentados leerán tan solo libros de esos denominados subgéneros con independencia de que sean buenos libros o no y perderán la oportunidad de leer libros magníficos de temática ajenos a ellos. Esto que digo es relativamente moderno, porque no siempre fue así. No creo que Gustave Flaubert considerara que su novela Madame Bovary perteneciera a ningún subgénero concreto (por ejemplo, jóvenes adúlteras) porque, incluso, el genérico de novela no estaba aún tan consolidado por entonces. Los géneros son un invento muy de nuestros días y conlleva un interés segmentador con fines comerciales, como decía. Es decir, como ya ha pasado con la música y con el cine, con los libros asistimos ya a una desnaturalizada clasificación de contenidos que provoca que el consumidor crea que los demanda en libertad cuando en realidad éstos ya están más que delimitados en cápsulas bien nutridas por los grandes grupos empresariales del sector. Eso puede parecer cómodo para el lector, que podría considerar que así evita perder el tiempo buscando libros que, a priori, no se adscriben a sus gustos literarios, pero, en mi opinión, es muy negativo, porque considero que la grandeza de leer radica en el descubrimiento de esa inesperada joya literaria que un buen día, sin buscarla, cae en tus manos.