I. UN TIPO GORDO*

1

Equis era un tipo gordo, eso nadie lo ponía en duda, pero sus amigos y familia apostarían su hacienda para desmentir que lo era. Y quería correr. No podía hacerlo ahora por circunstancias presentes y pasadas, aunque eso no importaba demasiado. ¿Por qué no podía correr ahora? Por su volumen, por sus pulmones mal oxigenados, por su hígado rehogado en alcohol, por sus desastrosos hábitos alimenticios. Algún día comenzaría. Estaba seguro. Se levantaría una mañana de domingo a una hora desacostumbrada y se iría a correr. No se lo di- ría a nadie, eso sí. Lo haría sin más, como lo hizo alguna vez en su lejana juventud o no hace tanto tiempo, aunque de eso prefiere no acordarse. Ese había sido, desde siempre, su anhelo. Todo eso lo pensó una tarde lluviosa y melancólica cuando volvía, como cada día, del bar de Javi tras acabar su jornada laboral en la construcción. Fue como una revelación, que le llenó de alegría, como si quisiera despojarse de esa vida que vivía porque dudaba que fuera la mejor posible, como si se tratara de un traje que vestía a diario y que, en algún momento, fue su preferido, si bien cada vez le satisfacía menos. La lluvia fina le rebotaba con suavidad en la cara, sin embargo a él no le molestaba. Es más, disfrutó ese momento de revelación con el mismo cosquilleo en el estómago que sentía cuando, su lejana adolescencia, creía sentirse enamorado de la nueva chica del instituto. Incluso llegó cantarín a su casa ante la mirada escrutadora de Natalia, su mujer.

Los hábitos que había acumulado con los años suponían un enorme problema; lo sabía: una copa de brandy por la mañana, tras el café, antes de subir al andamio; las tres o cuatro cañas con su respectiva tapa mientras les preparaban el menú del almuerzo; el par de tercios de cerveza y los dos vasos de vino almorzando; el par de cubatas a la salida del trabajo con su amigo y colega Luis, las dos cervezas que siempre acompañaban su abundante cena y, ¿por qué no?, el cubata tras estar viendo tranquilamente los fogosos debates futboleros de la noche o cualquier película de serie B que dieran a altas horas de la madrugada. En fin, lo normal y cotidiano. Pero los fines de semana toda esa secuencia cambiaba de manera significativa: podrían darle las cuatro de la madrugada bebiendo ron con cola en el bar de Javi, a tan solo unos cuantos centenares de metros de su domicilio. Y en cuanto a hábitos alimenticios, pues los de toda la vida, los que había heredado de sus padres, y estos de sus abuelos, adereza- dos por los nuevos alimentos modernos que su pobre padre (nada más trabajar y trabajar, que siempre decía) no había conocido, aunque sí le dio tiempo a hacerse un de- voto de los deliciosos sabores de las hamburguesas de McDonald’s que ingería con indisimulada ansia cuando viajaban a la ciudad; o esas deliciosas patatas fritas, al alcance de la mano en cualquier tienda, esas riquísimas salsas de roquefort, de pimienta verde, de mayonesa acaramelada, de kétchup, por no hablar de los kebab, que comenzaron a ponerse de moda cuando él ya apenas podía comer nada sólido, y otros alimentos deliciosos que habían llegado a su vida demasiado tarde. Vivía tranquilo con toda esos hábitos que había ido construyendo o le habían ido construyendo: los colegas y familia con hábitos idénticos a los suyos, las diversas ceremonias que llenaban su agenda cada fin de semana, la eliminación de la rutina diaria gracias a las continuas visitas al bar. Pero na- da de eso tenía que ver con ser gordo. O al menos él no se consideraba como tal ni nadie de su círculo se lo decía en momento alguno. Gordo era su mejor amigo, Luis, que pesaba ciento veinte kilos (eso sí, repartidos a lo lar- go de ciento noventa centímetros de altura), y fumaba dos paquetes diarios porque adelgazaba lo suyo, solía decir; gorda era su madre y su hermana mayor, y lo había sido su padre; hasta su hermana menor, aún muy joven, también iba camino de ello. Incluso lo fueron sus cuatro abuelos. Era la genética de la familia. No había problema con eso. Para todos, él había sido siempre el deportista, el más atlético y delgado y, por ello, aún acariciaba la idea juvenil de querer correr. Algunos de sus amigos de juventud, que ahora compartían sus hábitos, lo habían hecho con él por los caminos de esa amplia vega que circundaba el pueblo. Recordaba con orgullo que habían llegado a hacer hasta ocho kilómetros de una tacada. Eran los años deportivos, pero también los hedonistas y dispersos, años en los que se estaba forjando una de las dos opciones: o dedicarse al deporte en el tiempo libre tras una vida ordenada; o bien, dedicarse a una vida más pasiva y hedonista. No había muchas más posibilidades en el pueblo. Y la mayoría se inclinó por esta segunda opción. Ya se sabe: el curro, la mujer, los niños… Poco se podía elegir en aquel ambiente preestablecido. Si es que se quería elegir, que no parecía que existiera mucho interés en hacerlo.

Pero una tarde, tras aquella revelación que tuvo días atrás, Equis, se fue del bar de Javi un poco antes de lo habitual. Y, claro, todos sus colegas se mofaron de él: que si te ha dado un toque la parienta, que si ya no aguantas, en fin, toda una batería de frases típicas y tópicas que suelen proferir en los bares al colega que se marcha el primero, precisamente para disuadirlo de que se marche. En absoluto nada de eso que decían le ocurría: se iba a correr. Le había estado dando vueltas a la idea toda la noche y también toda la mañana, mientras trabajaba. ¿Y si no lo dejara para el domingo? ¿Y si probara hoy mismo? ¿Y si comenzaba a trotar por el camino que arranca cerca de casa y por el que se adentra en el interior de la vega? Ya era hora de retomar esa ansia juvenil, volver a intentar correr obviando lo que le ocurrió cuando probó hacerlo no hacía mucho tiempo y cuyos hechos no deseaba volver a recordar, aun sabiendo que ese verbo parecía estar proscrito en su casa, como ese objeto viejo que se deposita en el más remoto trastero, no porque ya no es útil, sino porque su mera presencia es indeseable. Claro, él había olvidado que correr con unas copas recién tomadas y, además, acompañadas por un voluminoso plato de patatas fritas, un almuerzo a base de morcilla y panceta de cerdo, junto a tres tercios de cerveza y un bocata previo a las doce de la mañana, sin contar con la co- pa de brandy tras el desayuno, podía ser contraproducente. También había olvidado que correr con unas ajadas zapatillas del mercadillo de los sábados pesando ciento tres kilogramos podía ser más contraproducente aún. Se las arregló para que su esposa no conociera su intención alegando un recado pendiente y se fue andando en dirección al camino, con las zapatillas escondidas en una bolsa de plástico, que para nada hacía sospechar de su verdadera intención a los ojos de su esposa. Se calzó las zapatillas en el balate de una acequia, junto a un frondoso y solitario árbol, y tras trescientos metros recorridos se refugió frente a un arbusto del camino y comprobó que toda esa ingesta era mucha para un solo día. Por un momento, confundió la indigestión con lo que le había pasado no hacía mucho, pero de aquello, una vez más, no quería acordarse, deseaba borrarlo para siempre de su mente, como si no le hubiera ocurrido jamás a él, igual que si se tratara de un mal sueño. Mientras se inclinaba para verter lo que el organismo no deseaba albergar, comprobó que sus voluminosos gemelos adquirieron de pronto un tono morado, y comenzó a sentir unas afiladas y finas agujas clavadas en estos. Se fue a casa frustrado, pensando que debería haber seguido en el bar con sus colegas. En definitiva, tenía cuarenta años y esa era su vida. De nada serviría esforzarse por cambiarla. Esas eran las reglas. Ese era el redil por el que él estaba destinado a pasar.

Pero, en puridad, no debería desmoralizarse nuestro amigo por esa nimiedad; al contrario, debería sentirse contento. Si el organismo rechazó toda esa fastuosa in- gesta de comida y bebida de todo un día es porque no la necesitaba. Al menos no para correr. Pero ¿y el dolor en los gemelos? ¿Y ese color violeta que iba adquiriendo una tonalidad cada vez más oscura? A medianoche, mientras veía una olvidable peli —y con el pie extendido en el sofá— ya no pudo resistir el dolor y fue a urgencias. Lo acompañó Natalia, a la que no contó cómo se había provocado esa lesión. Le dijo que se había dado un golpe al bajar del andamio, algo muy creíble y habitual en su profesión de albañil. Si a alguien no debía contarle que había comenzado a correr era a ella, eso lo tenía muy claro.

El facultativo le preguntó si había hecho algún movimiento brusco. Y fue cuando comprendió que correr lo era. O al menos, lo era si no se había corrido desde hacía tiempo. Lo negó al estar presente su esposa. Se fue des- moralizado de urgencias. A la mañana siguiente, tras una noche febril en la que se mezcló el dolor de los gemelos —parecía que ahora tuviera cuchillos, en vez de agujas, clavados en los mismos— con un apreciable cambio en su concepción del mundo, se levantó renovado. Sufrió una profunda metamorfosis por dentro, o al menos eso percibió. Había soñado que atravesaba campos en llamas y que, a cada salto que daba para esquivarlas, los gemelos se le desprendían de las piernas. Sin embargo, al despertar, tenía la mente clara y dispuesta. Soy otro hombre, se dijo.

*Primer capítulo de la Primera parte de la novela Equis quería correr.

Disponible en Amazon: 

Papel: 

https://www.amazon.es/Equis-quer%C3%ADa-correr-encuentros-desencuentros/dp/1798697661/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=3C2OOPUJS0OZN&keywords=equis+queria+correr&qid=1563021729&s=books&sprefix=equisqueria+correr%2Cstripbooks%2C152&sr=1-1

Digital:  

https://www.amazon.es/Equis-quer%C3%ADa-correr-encuentros-desencuentros-ebook/dp/B07P9RMGJY/ref=tmm_kin_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=1563021729&sr=1-1