CORRER EN LA LITERATURA Y EN EL CINE

        

¿Es la actividad de correr un tema con contenido literario? En mi opinión, sí. Siempre lo ha sido. Se trata de una actividad deportiva con importancia para la creatividad literaria. Pero también para la cinematográfica. Ya se trate de la estética épica en sí o de las sensaciones íntimas y personales que ofrece la práctica continuada de este deporte, siempre ha tenido un sustrato creativo. Tal vez, uno de los deportes que más. En la literatura, la irrupción de la novela corta de Alan Sillitoe, La soledad del corredor de fondo, a finales de los cincuenta del siglo pasado, lo puso en la órbita literaria, y la película Carros de fuego (Reino Unido, 1981), mucho más tarde, hizo lo propio en su campo. Sin embargo, no hay que olvidar que la versión cinematográfica de la novela indicada es magnífica, si bien no tuvo la irrupción mediática que sí tuvo la película indicada, en gran parte debido a la proverbial BSO de Vangelis. No obstante, no se trata tan solo del reflejo meramente deportivo lo que transmite la literatura temática o el cine en sí, sino todo lo que rodea a este deporte. Retratan a tipos no demasiado convencionales, a seres abnegados y obsesionados, en ocasiones, por conseguir un objetivo. También a seres solitarios, rebeldes e incomprendidos que a través de esta actividad tan individual conectan mejor con sus fantasmas, algo entendible porque pocos deportes ofrecen tanta libertad para pensar y sentir. Correr viendo pasar la vida, que parece estática al paso del corredor, es una sensación que solo conocen quienes corren de manera habitual. El personaje principal de la novela de Sillitoe, Smith, es un ser desgraciado, pobre y rebelde. Un pequeño delincuente al que su destreza física le podría permitir renovar su vida, pero desafía al sistema establecido autoafirmando su independencia. Su libre albedrío supervive a normas y obligaciones. Es posible que la libertad que ofrece correr sin condiciones y sin presión cree en él ese poso; es posible que lo cree en cada uno de las personas que corren de manera habitual cada día. Y que por eso lo hagan.

A la literatura y al cine les interesa este tipo de personajes. Les interesa los personajes que corren no para batir récord o participar en olimpiadas (al menos no solo para eso) sino para mostrar su soledad, su rebeldía y su inconformismo. Todo eso da mucho juego a la hora de contar una historia anónima o no. Se lanza un guiño permanente al lector o al espectador. El mero ejercicio deportivo, entonces, pasa a un segundo plano y ya no es lo más importante sino todo lo que surge alrededor. Estará ahí siempre, como trasfondo, sí, pero las historias de los personajes irán más allá, hasta alcanzar vida propia. En la película Marathon man (Estados Unidos, 1976), el anónimo estudiante que entrena para correr un maratón ignora que su duro entrenamiento diario le será muy útil en un futuro próximo para afrontar una situación dramática sobrevenida en su tranquila vida, y en el film Vivir sin parar (Alemania, 2013), el anciano que en su juventud fue campeón olímpico de maratón se resiste a envejecer y acaba contagiando su entusiasmo a los  dormidos ocupantes de una residencia de ancianos. En el primer caso, correr es un aliado ante el envite inesperado de la vida; en el segundo, la manifestación de rebeldía e inconformismo, una vez más, queda patente en el ocaso de la vida del protagonista, como si se tratara de un último hálito imperecedero.