La vida de Christopher Robin es una historia de éxito, pero también una historia triste, porque el éxito no siempre es garantía de felicidad, es más, pocas veces lo es. El talento de su padre, el escritor británico A.A. Milne hizo que la infancia de su único hijo fuera desgraciada. Contó con mucho gancho (enganchó al mundo entero) con fantásticos cuentos basados en los juegos de su hijo con un oso de peluche y otros animales que su mala madre le traía al niño de la ciudad, como una especie de precio que pagaba por no estar cerca del niño, y todo ese zoo de peluches sirvió para que su esposo construyera cuentos fantásticos en torno a estos animales ficticios, siendo el verdadero protagonista el oso, al que bautizó como Winnie the Pooh -inspirado en un oso real llamado Winnie del zoológico de Londres- que sigue siendo aclamado por los niños de todo el mundo, por encima de cualquier otro personaje infantil de rasgos parecidos. El mucho éxito hizo que el niño se convirtiera más en una atracción de circo que en lo que realmente debería haberse convertido: un niño que tan solo quería jugar con su padre y sus juguetes en ese frondoso bosque de ‘Los cien acres’ en los cuentos, en realidad, un bosque cercano al domicilio de la familia. Pero el niño creció y no asimiló bien, no el éxito en sí, sino lo que entendió como utilización de sus padres para ganar una fortuna por las venta de los libros en todo el mundo, hasta el punto que renunció a esa fortuna.
Sí, es una historia triste, llevada al cine de manera irregular, en mi opinión. De todas maneras, la película es divertida y se deja ver bien, contando con una muy buena fotografía muy adaptada la época que retrata, que es el periodo entreguerras. En 2018 ha surgido la secuela, protagonizada por Ewan MacGregor, pero con el sello de la factoría de de Disney, convirtiéndola, tal vez, en una película para el público infantil, cuando en su origen no lo es, a pesar del protagonismo del cuento de este género.